El 17 de octubre de 1919, el rey Alfonso XIII, inauguraba la primera línea del Metro de Madrid con
una longitud total de 3,48 km, 8 estaciones y 10 minutos de trayecto que unían la Puerta del Sol y
Cuatro Caminos. El Metro de Madrid echaba a andar, a la vez que un incipiente nuevo arte, comenzaba
a dar muestras de lo que se convertiría en una potente industria y una insaciable fábrica de
sueños. Era el Cine que, desde sus orígenes se convirtió en testimonio de su tiempo, manifestación
artística y, hoy en día, fenómeno de masas.
Desde el blanco y negro hasta el color, desde los primeros coches, los clásicos, hasta los
más modernos de la línea 3000, el Cine ha sido testigo, no mudo, sino vivo de estos 90 años de idas
y venidas de todos esos españoles que han utilizado y utilizan el suburbano madrileño no sólo como
un medio de transporte, sino como un espacio para relajarse, descansar, leer o simplemente
desconectar después de una dura jornada laboral.
Por lo tanto, reflejar esos 90 años de historia del Metro de Madrid en el cine español es
como montar una secuencia sucesiva e inagotable de imágenes, que pasan por nuestra retina sin
darnos cuenta, pero que están ahí en el recuerdo de todos nosotros.
Nuestro cine ha encontrado siempre en el Metro madrileño un inmenso plató de vanguardismo e
innovación muy acorde a las necesidades artísticas de cada director. Almodóvar, Berlanga, José
María Forqué, José Luis Garci, Fernando León de Aranoa, Fernando Trueba, Agustín Díaz Yanes,
Antonio Mercero, Pedro Lazaga, Eloy de la Iglesia, Jaime Chavarri, Álvaro Fernández Armero, y otro
largo etcétera de grandes nombres de nuestro cine, han usado en alguna ocasión el Metro de Madrid
para desarrollar una escena, situar un personaje o simplemente, mostrar una emoción.
El cine español de finales del siglo XIX y principios del siglo XX es, al igual que en el
resto de Europa, un cine documental, osco, sin pretensiones. Pero es curioso que, desde los
orígenes del séptimo arte, el tren se convirtió en protagonista de más de una escena y de más de
una historia. Desde la “Llegada de un tren a la estación de la Ciotat”, de los hermanos
Lumiere, pasando por “Asalto y robo de un Tren” (1903), Edwin S. Porter;
“Extraños en un tren” (1951) y “La sombra de una duda” (1947) de Alfred
Hitchcock; el “Asesinato en el Orient Express” (1974) de Sydney Lumet; “Indiana
Jones y la Última Cruzada” (1989) de Steven Spielberg; hasta “Harry Potter y la piedra
filosofal” (2001), de Chris Columbus. Muchos títulos con los que podríamos hacer una lista
interminable de todas aquellas películas que han tenido al tren o al metro como protagonistas
secundarios de alguna de sus historias.
Y, en este sentido, el cine español no fue ajeno a este fenómeno y utilizó a una locomotora
como protagonista de una de sus primeras filmaciones, “La llegada de un tren de Teruel a
Segurbe”, un filme anónimo presentado en Valencia el 11 de Septiembre de 1896. Por tanto, el
tren en este caso y más tarde el llamado suburbano y hoy conocido como Metro, fue protagonista de
muchas de las escenas de nuestro cine patrio.
Es en los años 60 cuando encontramos verdaderas joyas en cuanto al binomio
“cine/metro” se trata. En “Atraco a las tres”, (1962) de José María Forqué,
la estupenda Gracita Morales subía apresurada las escaleras de la boca de metro de Ventas y era
arrasada por una avalancha de personas que accedían a la estación. Y quién no recuerda “El
Verdugo” (1963) de Berlanga, en una de cuyas escenas el personaje que interpretaba Nino
Manfredi iba en busca del que recreaba Pepe Isbert para devolverle un maletín y la escena
transcurría en la boca de Metro de Carabanchel, eso sí por entonces llamado suburbano.
Una auténtica radiografía del Metro de Madrid de la época es la película protagonizada por
Gracita Morales, José Luís López Vázquez y Fernando Fernán Gómez, “Un vampiro para dos”
(1965) de Pedro Lazaga. Los títulos de créditos nos muestran el exterior e interior de las paradas
de Sol y Plaza de España, mientras que el director, utilizando la técnica de cámara subjetiva, se
convierte en un imaginario viajero al que el espectador acompaña desde que compra el billete, hasta
que desciende por las escaleras metálicas, plagadas de letreros publicitarios de Coca Cola o Heno
de Pravia, y nos encontramos en el andén esperando a uno de los trenes clásicos. Finalmente el
espectador se encuentra accediendo a uno de los abarrotados vagones cuyo revisor no es otro que
José Luís López Vázquez.
Ya en los 70, y de nuevo de la mano de Pedro Lazaga, el Metro se convertía en el protagonista
del arranque de su película, "Estoy hecho un chaval" (1977) con Paco Martínez Soria, donde incluso
podíamos apreciar el remolque y la numeración del vagón. También en los 70, la estación de Goya se
transformaba en una pesadilla para Quique San Francisco y José María Rodero en “La larga
noche de los bastones blancos” (Javier Elorrieta, 1977), donde interpretaban a dos ciegos que
se quedan toda la noche atrapados en la estación. Era un cine más fresco, más cercano al público y
más reivindicativo.
Los años 80 trajeron aires nuevos al cine español. Emergió una nueva generación de cineastas,
que buscaban romper con todo lo establecido y que encontraron también en el Metro de Madrid, el
espacio adecuado para filmar los cambios que estaba experimentando la sociedad española tras la
Transición. Pedro Almodóvar nos dejaba ver en “Laberinto de Pasiones” (1982), su
segundo largometraje, a una Cecilia Roth que se sube en la estación de Aluche y se maquilla en el
interior de un vagón de la serie 300, mientras los viajeros que van apretujados dentro, la
contemplan. Otras de las películas más representativas de esta década, “La estanquera de
Vallecas” (1987) de Eloy de la Iglesia también empleaba una parada del Metro de Madrid,
“Puente de Vallecas”, para situar a los dos pillos que van a hacerle la vida imposible
a Emma Penella.
La primera secuencia de “Ópera Prima” (1980), a su vez primera película de
Fernando Trueba, también se desarrolla en una boca de metro, en este caso obviamente es Ópera,
donde los protagonistas Óscar Ladoire y Paula Molina se reencuentran. Incluso, el cartel
promocional de la película es justamente la escena en que se encuentran los protagonistas.
Ya en los 90, Fernando León de Aranoa, dejaba que sus “Princesas”, Candela Peña y
Micaela Nevárez, y los tres amigos de “Barrio”, Javi, Manu y Rai (Críspulo Cabezas,
Timy Benito y Eloy Yebra), dejaran en el Metro de Madrid testimonio de sus miserias, de sus sueños,
de sus aspiraciones o de sus fracasos.
Personajes que dejaban huella en cada vagón como también lo harían los protagonistas de
tantas y tantas películas que rodaron en el Metro de Madrid algunas de sus secuencias. Ahí quedan
“Tiovivo c.1959” (2004) de José Luis Garci, donde se recrea una estación de Metro de
1953 con Elsa Pataky de taquillera; El cortometraje “El Columpio” (1993) de Álvaro
Fernández Armero; “Báilame el Agua”, (Josecho San Mateo, 2000); “Las bicicletas
son para el verano” (Jaime Chavarri, 1983); “El Arte de Morir” (Álvaro Fernández
Armero, 2000); “Sin noticias de Dios” (2001), de Agustín Díaz Yanes… Una lista
interminable e incompleta de títulos, porque todos y cada uno de nosotros recordaremos alguna
película especial donde se recreaba aquella estación, esa parada o incluso los pasillos y escaleras
del suburbano madrileño.
El Metro de Madrid cumple 90 años de vida, de los que el cine español, un cine ya centenario,
ha dado fiel testimonio a lo largo de todo el siglo XX y lo sigue haciendo en el siglo XXI. Con
ello, nos seguiremos fascinando con las secuencias que transcurren en los vagones de un convoy de
Metro; y con los personajes que abarrotan una u otra estación en tal o cual película; o recorremos
los pasillos y escaleras mecánicas esperando recordar a un actor o una actriz interpretando allí
una escena. Y lo haremos porque el Metro de Madrid sigue creciendo, cambiando, modernizándose y el
cine seguirá siendo testigo directo de esa evolución.